La expectativa por la postergada final del histórico torneo era grande como el Malvinas. De un lado, Maipú, que había dejado en el camino a un Godoy Cruz alternativo en la tanda de los penales (1-1 en los 90′ reglamentarios).
Del otro, Gimnasia, tras lograr el pasaje a la instancia decisiva luego de derrotar a San Martín (1-0) en el Este. Ambos ponían lo mejor. Entonces, repasando las formaciones de uno y otro elenco, había promesa de buen juego, de trámite parejo y dinámico.
Y así fue. Toda la efervescencia y el clima de final que faltó en las tribunas (por la escasa concurrencia a una final), afortunadamente se percibió en el campo de juego.
Ahí donde Mensanas y Cruzados regalaron un primer tiempo entretenido, intrépido, de ida y vuelta, con varias situaciones de ambas escuadras generadas a partir del simple hecho de no especular con ningún resultado y pensar constantemente en el arco de enfrente.
Gimnasia comenzó con la premisa de monopolizar el control de la pelota y la hizo correr. Pero Maipú, inteligente, lo tenía bien estudiado al Lobo. Sabía que la llave para lastimarlo estaba a las espaldas del dúo de virtuosos (Arce-Oga), ahí donde Ojeda, Jofré y Parisi -alternadamente- desbordaron una y otra vez. Y tanto va el cántaro a la fuente… que al final se rompió…
El Cruzado fue superior en el primer tiempo, eso está claro. Sin embargo, el Lobo tuvo tres o cuatro situaciones claras para convertir. La mayor virtud de Maipú fue su pragmatismo para atacar. Veloz, preciso, al equipo de Juan Carlos Bermegui sólo le faltaba acertar en la definición.
Y sobre el final de la etapa, el Toro Parisi no perdonó en la tercera posibilidad que tuvo frente a Vila. Golazo, de aire, tras el córner del Negro Amaya.
Maipú sacaba una luz de ventaja, pero todavía faltaban más de 45 minutos. Y al Lobo nunca hay que darlo por muerto. Fue por la jerarquía individual de algunos de sus intérpretes, que el Lobo emparejó el trámite y casi lo termina ganando.







