Tener razón es irrelevante

Detengámonos un instante y hagámonos esta pregunta: el hecho mismo de tener o no razón ¿será realmente importante? En serio. Hablo sobre todo, de situaciones de la vida diaria, aunque me animo a decir que puede ampliarse a todo, por el momento no nos arriesgaremos a temas de juicios legales, guerras, decisiones políticas que impliquen a mucha más gente; es más delicado y necesitaríamos más una tertulia que un espacio para una nota. Pero en la vida cotidiana ¿valdrá la pena toda la energía que ponemos en lograr este delirante cometido?

Algunas personas podrán decir que a ellos en verdad no les importa. Es válido y puede ser real, pero al menos de las personas que conozco y con las que me cruzo, más exteriorizado o menos, a todas les pasa en mayor o menor medida. Hay gente que discute y lo saca hacia afuera y se le nota la necesidad, y otra que no dice nada pero en su diálogo interno se va rumiando el tema hasta acomodarlo y quedarse, al menos a sus adentros, con la razón. Preciado premio.

Tener razón es irrelevante y además, por lo general y sobre todo, innecesario.

Supongamos que una persona a la que quiero mucho me hace daño, hace algo que me lastima o me complica o me genera incomodidad o un problema, me afecta negativamente. En principio y para empezar, espero que estemos de acuerdo en que, en la gran mayoría de los casos, quien lastima no quiere lastimar. Suelen ser errores con consecuencias no felices, sí, pero de ahí a que haya habido una verdadera intención de lastimar hay un largo trecho. Más allá de la intencionalidad o no,  para el que le duele el dolor de la herida es válido, real y es importante tenerlo en cuenta. De hecho, es gracias a ese dolor que podemos darnos cuenta de que algo no va bien. El dolor es la señal: puede ser que no haya sabido decirle al otro lo que es importante para mí, o puede que el otro no entienda esa importancia y por ende la desmerezca un poco, puede que el otro no se haya imaginado cuánto podía afectarme esto o aquello y, por supuesto, es posible que una relación haya llegado a un punto donde la distancia es el mejor remedio. Tomar distancia por creer eso saludable es una cosa, enojarse y no ver más a alguien por pensar que uno tiene razón es otra muy distinta.

Podemos tener razón y comprender al mismo tiempo. Podemos tener razón y ser el que afloje. ¿O no es acaso natural no hacerlo todo bien? El error es algo tan humano y tan sagrado. ¿Cómo puede ser que nos resulte tan difícil equivocarnos entonces? Vivimos como si tuviéramos que saber de antemano hacer todas las cosas. Un delirio. El punto concreto a tener en cuenta entonces es: una situación, cualquiera sea, nos da una información, fin. Lo que hacemos con esa información es lo que puede ser un don, y es ahí donde yace la riqueza mayor. Sacar una enseñanza de la experiencia es una llave que está siempre disponible, estemos del lado de la razón que estemos; ya que aprender, puede aprender el que tiene razón y el que no la tiene por igual. Y de hecho, si soltáramos ese perseguir ansioso por tener razón, posiblemente aprenderíamos más, y nos enojaríamos menos. La magia es darnos cuenta que no gana el que tiene razón, gana el que aprende.

Karen Belinski

Directora de La Salita YOGA & Love