Sportman el café “más porteño” de Mendoza cumplió 80 años

Nació el 18 de junio de 1938 junto al ex cine del mismo nombre en calle Paso de los Andes. Luego se trasladó a Pellegrini.

Tiene la fisonomía de los cafetines porteños. Destaca una gran barra de madera y las banquetas que permiten acodarse para desayunar un cortado con el clásico vaso de soda a un lado. Tiene 80 años de historia, de charlas confidenciales, de alegrías y penas vecinales.

El café Sportman nació el 18 de junio de 1938, a pocos pasos del cine que también llevaba ese nombre. Era atendido por Alberto Zamora, un “patrón” de recios bigotes que quería que Mendoza tuviera algo de aquella mística y lejana Buenos Aires pero con aires de barrio.

“Estaba pegado al cine Sportman, sobre calle Paso de los Andes y Pellegrini, en Godoy Cruz. Más tarde, en los años 70, cuando pudo comprar un local, se mudó a Pellegrini 1353”, cuenta Jorgelina, la actual dueña del comercio y nieta de Alberto.

El más porteño

Alberto trajo las ideas de Buenos Aires para su emprendimiento. El salón donde se servían los cafés, y las gaseosas a los niños del barrio, era alto con el clásico piso de ajedrez por donde las charlas rondaban con la fina estrategia de aquel juego.

En la habitación contigua estaban los billares que ayudaban a distenderse tras una larga jornada laboral. También volaban naipes sobre las mesas y había un sapo al que lanzarle monedas.

Hoy el Sportman de Villa Hipódromo mantiene aquel gusto al pasado. Brillan los cromados de algunas máquinas de café antiguas, fotos con famosos de todas las épocas, los carteles con frases ingeniosas (“empuje que vale la pena entrar”) y relojes de colección que ya no dan la hora son algunos de los adornos que decoran este viaje histórico. En una de sus paredes, también, el dueño anterior mira de frente a la barra, como supervisando a sus herederos.

No faltan las botellas de bebidas espirituosas apostadas como soldados en las vitrinas y la máquina cafetera que trajina al mando de las hábiles manos de Jorgelina y su madre, Carmen Alaniz.

“Mi papá se hizo cargo del lugar comprándole el café a sus dos hermanos. Recuerdo que hizo fascículos contando la historia de la gente del barrio, de quienes veíamos todos los días pasar por la calle”, describe la propietaria empuñando algunos de estos textos que retrataron para siempre a los habitués del comercio.

Haciendo un salto al pasado, la dueña actual dice que a su abuelo no le gustaba que se tomara alcohol en el café. “En los Zamora no se tomaba. Los que querían alcohol tenían que ir a lo de los Cabezas, que estaba en la misma cuadra pero del otro lado del cine, donde estaba permitido”, advierte.

Un “sacerdote”

Jorge Zamora manejó el negocio hasta que falleció, en 2014. Luego fueron sus hijos Jorgelina y Beto quienes, si bien ya participaban del negocio familiar desde hace un tiempo, se tuvieron que arremangar para continuar con la tradición cafetera.

“Mi papá era de sentarse a la mesa y comentar de sus clientes, de lo que le contaban”, dice Jorgelina, mientras Carmen agrega: “Era un hombre muy querido, de hecho hay clientes  que me dicen que ven su foto y se ponen muy tristes. Él decía que se sentía un sacerdote, porque los clientes le hablaban y se iban sintiéndose mejor”.

En 2010, cuando fallece Jorge, fue su hija quien tomó las riendas. “Si bien yo venía desde chica, de a poco he ido aprendiendo. No es fácil. Somos todas mujeres a cargo. Considero que la buena atención es primordial. Eso es lo que les intento transmitir a Laura y Fabiana, las mozas. Siempre digo que al cliente no hay que hacerlo esperar y que la limpieza es fundamental”, señala la mujer agregando que su tía Mary Alaniz también trabaja en el café.

Para su dueña, los mejores años del local fueron durante la década del 80. “Se veían clientes todo el día, este salón estaba lleno”, acota su madre y continúa: “Ahora no hay tanta gente, a la tarde casi nadie, pero sigue viniendo mucha gente a desayunar”.

Habitués

Declarado patrimonio histórico del departamento, por allí han pasado figuras destacadas del medio local. El gobernador Alfredo Cornejo, los futbolistas Víctor Legrotaglie y Daniel Oldrá, el músico Felipe Staiti y el actor Adrián Sorrentinoson algunos de los célebres.

Pero un café configura su identidad a base de sus habitués, esos que son anónimos conocidos por los dueños y el barrio pero ajenos a los medios de comunicación. “Juan Carlos y su esposa Ana vienen siempre. Igual Alberto, el Gaga, Fabián o Ricardo”, enumera Jorgelina.

Sin dejar de atender a dos clientes que acaban de entrar, la dueña reflexiona. “¿Qué es para mí el café? Yo lo cuido muchísimo. Es un legado pesado que trato de llevar de la mejor manera posible; son 80 años», reconfirma Jorgelina y termina: “Pero para mí, el café Sportman es un orgullo”.